jueves, 27 de marzo de 2014

HACIA EL RESCATE DE LA PALABRA AMOR

El amor, qué grande palabra y qué desconocida. 

Cuántas veces la hemos escupido de nuestras bocas, le hemos faltado el respeto, la hemos vilipendiado y vendido como si fuera una mercancía barata. 

Y es que ¿qué es lo que sabemos del amor? Poco, tan poco, que la mayor parte de las veces lo confundimos con la vivencia de las instituciones sociales. Sí, aunque nos parezca difícil de creer al amor lo confundimos con las emociones que nos produce el orden social, como por ejemplo el sentimiento de pertenecer. Lo confundimos con la emoción satisfactoria que nos produce construir ese orden social que es la familia. Lo confundimos con la sensación placentera de madurez que nos produce el compromiso. Lo confundimos y lo confundimos… Lo confundimos con la sensación animal de protección y cuidado a nuestros hijos y a nuestros seres queridos. Lo confundimos hasta el hartazgo con el querer. 

Siempre confundiéndolo con la sensación que proyecta cuando se manifiesta, el amor es muy difícil de acordar pues ¿cómo acordar una sensación que son millones a la vez y que a todos nos evoca distintos recuerdos? Esta confusión mental desata cualquier tipo de malentendidos, a tal grado que el mundo podría dividirse en base a lo que entendemos por amor. Y así quizá podríamos establecer sociedades más ecuánimes y pacíficas: ¡Por favor —grita el altavoz—, todos los que crean que querer y amar son lo mismo pasen a la derecha! ¡Los que creen que pertenecer y amar es lo mismo, a su izquierda! ¡Los enamorados, permanezcan en el centro! ¡Una sola fila para cada emoción señoras y señores y así podremos censarlos correctamente!...

Sería sencillo, sólo nos relacionaríamos con personas que creyeran lo mismo que nosotros, y así no daríamos por hecho que cuando decimos amor, el otro ve el mismo color, comprende la misma palabra y entiende el mismo sentir. No estaría mal, juntos dos seres que parten de que el amar y el querer son lo mismo, por ejemplo, same shit different name —que dicen los gringos— podrían evolucionar y desarrollarse a partir de ahí, y quizá un día llegaran a amarse, o al menos vislumbrar el amor juntos. Puede ser.

Lo cierto es que cuando me pongo a pensar en esto del amor, me siento exactamente en la torre de Babel. Cada uno hablando su lengua, su soliloquio… y para más inri —que dice el español— dando por hecho que el otro entiende lo mismo que uno. Assumption is the mother of all fuck ups —que decía siempre muy sabiamente mi ex.

Personalmente yo tampoco tengo idea qué diablos es el amor, si pensaban que leyendo mis palabras se les iba a aclarar alguna duda, están fritos. ¿Cómo podría yo saber qué es eso que nadie ha podido describir hasta el momento? Todas son verdades, todas ciertas, válidas y respetables, mas ninguna es La Verdad. Pues conocemos al amor igual que se conoce a Dios, a la vez de forma tanto directa como indirecta: en base a nuestra propia experiencia y en base a sus manifestaciones. Pero nadie lo ha visto, nadie lo ha tenido atrapado y por ello no se puede estudiar.

Si acaso, hemos llegado a establecer un consenso acerca del enamoramiento y casi todo el mundo lo describe más o menos igual: como un estado molesto en el que nos corroe la ansiedad y nos genera gastritis, colitis u otra itis, que nos apendeja y nos hace obsesionarnos más de la cuenta. Pero todos sabemos que enamoramiento y amor no son lo mismo… no señor. Y si algo me molesta —dentro de que casi todo lo que concebimos alrededor del amor me molesta, por ignorante, pueblerino, miope y dogmático— es que se menosprecie al enamoramiento como si fuese una fase previa e inmadura del amor. Y tal vez lo sea —ya les digo que yo no sé qué es el amor— pero en ese caso sería igual de tonto que menospreciar la infancia o la adolescencia y considerar que la adultez y sobre todo la vejez son las mejores etapas del ser humano. ¡Menuda tontería!.

Pensamientos así de absurdos se deben a nuestro afán por considerar la vida como una carrera lineal ascendente… Y como ya he comentado en alguna ocasión, olvidarnos que la vida es un proceso curvo. Curvo, muy curvo, totalmente curvo.

Como estamos tan acostumbrados a pensar racionalmente —es decir, lineal y llanamente—, por falta de entrenamiento nos cuesta mucho trabajo pensar circularmente, y por ello dividimos todo en etapas y juzgamos y medimos lo que vivimos, y para colmo lo etiquetamos moralmente. Una pena, sin duda, y una pobreza enorme que nos tiene bastante detenidos como humanidad porque pocos son aquellos que piensan de forma creativa, y muy poquísimos los que los leen, los conocen, los escuchan y se atreven a dejarse influenciar por ellos.

Así que, yendo, como voy hacia el rescate del amor, me he metido en un buen lío. Algo así como adentrarme en el laberinto del Minotauro. Algo así como enamorarme de Eros, siendo Psique y no pudiéndolo ver. Algo así como haber seducido al lobo siendo yo la gacela, y ahora me persigue… y yo sólo corro por mi vida. Porque si algo sabemos que hace el Amor, es que perdamos la vida.

Sí, todo aquello que no te haga perder la vida, no es amor. ¡Tan tan!

¿Y qué es la vida propia si no el ego? El amor nos rompe en mil pedazos la mente, nos desestructura el alma, nos diluye la importancia personal, nos arrastra hasta el espacio de lo desconocido, nos siembra abruptamente en el misterio… Nos mata, a veces suavemente —killing you softly— y a veces no tanto. Pero lo cierto es que es tan fuerte su movimiento cuando se adentra en nuestras vidas y en nuestros corazones, que le tememos muchísimo, y por ello, la mayoría de los seres no lo conocemos. Por eso para la mayoría, el amor es un lugar de paso, porque de hacerlo nuestra residencia tendríamos que morir a todo aquello que somos, pues su Fuerza nos manejaría y nosotros —pinches mortales— estaríamos siempre a su merced. 

Así que cuando aparece en nuestra vida, rápidamente lo domesticamos… Pero el amor es tan grande que no podemos domesticarlo, ésta es una de tantas ilusiones fantásticas que nos hacemos. Lo que domesticamos es a nuestro corazón para que se aleje del amor, y se acerque a sentimientos o sensaciones más pequeñas, esas que creemos que podemos controlar. Y entonces organizamos nuestro corazón y nuestros sentires y los metemos dentro de la sociedad, y le presentamos a todos a nuestro nuevo novio y al rato nos casamos y formamos una familia; y crecemos juntos en compañía, y si bien nos va en respeto, en complicidad y en confianza; y construimos nuestra vida junto a otra alma, y si bien nos va, nos sentimos muy queridos por ella y cuidados y sostenidos y protegidos y apapachados. Y si bien nos va, hacemos esto durante años, y hacerlo nos convierte en buenas personas y en abuelos y abuelas sabios. Y todo esto es bueno, y es bonito, y es maravilloso, y ojalá así fuera para muchos o para todos los casados. Pero aún así, aquí en este escenario, el amor sólo nos llevó a encontrarnos y luego se marchó. Hicimos nosotros nuestra vida, en base a nuestro esfuerzo y a nuestros sacrificios… La  enorme diferencia es que cuando el Amor toma a un corazón, éste ya no puede construir nada, porque éste que llamo éste, ya no existe, sólo, tan sólo existe el Amor.

Quizá si cesáramos en nuestro empeño de ser ignorantes día con día, y comenzáramos humildemente a leer el diccionario como primer libro indispensable para despertar, podríamos redefinir las palabras y hacerlas nuestras, no de propiedad privada, sino de autenticidad; de empezar a dejar hablar a nuestras almas con las palabras correctas, propias. Cuando el alma habla correctamente, tenemos la oportunidad inmensa de conocerla, y al conocer nuestra alma dejamos de ser guiados por las ideas de otros y comenzamos a forjar nuestro propio criterio. Cuando tenemos claro nuestros criterios, nuestras creencias y nuestros anhelos, podemos ordenar el mundo para movernos correctamente en él, y hacerlo nuestro mundo, y cuando conocemos nuestro mundo ya no hay nada más que hacer, y comienza la etapa del Wu Wei —el no hacer haciendo—. Y cuando permitimos hacer sin hacer y sin embargo todo queda hecho, comenzamos a vivir en el Misterio del Milagro, y cuando comenzamos a vivir sumergidos en el Milagro vemos por fin el Amor. Y cuando vemos el Amor es que ya está cerquita, y ya ni correr es bueno, estamos prontos a morir. Hay que morir para vivir, dijo el Cristo, ése loco que no habló más que del Amor.

Buen jueves.