martes, 29 de julio de 2014

OJOS QUE VEN, CORAZÓN QUE SIENTE

Y llegó la era de las redes sociales y con ello tantos y tantos cambios para la raza humana. The Web 2.0 está revolucionando más de lo que somos capaces de sospechar.

Llegó la era de la sanación, del desvelo. Se acabaron los secretos y las mentiras, estamos en la era de lo expuesto.

Antiguamente, en lo que ya se conoce como la “Era Pasada”, o Era de Piscis, el proceso de evolución del ser humano para llegar a la Liberación de su Alma y de su Espíritu, consistía en retirarse de la sociedad, del mundo conocido, y emprender un camino de santidad lejos de los oscuros senderos de las bajas pasiones humanas. El desapego necesario para la iluminación, era así algo más "fácil". Uno renunciaba a los siete pecados capitales y para ello, las órdenes religiosas construyeron sistemas de aislamiento y recogimiento. El camino de la renuncia.

Hoy las cosas han cambiado, son otros tiempos. Tiempos en los que hay que salir a ver, a vivir, y a iluminarse por el camino. Mientras nos emborrachamos, mientras amamos, mientras criamos, damos pecho, estamos con nuestro amante, mientras nos ganamos el pan en lugar de pedir limosna

Hoy hay que integrar la Sombra. Misma de la que la Humanidad lleva espiritual, social, económica, religiosa y políticamente tratando de huir a través de la represión, a través de crear instituciones como la familia monogámica convencional, del aislamiento social a los homosexuales, de esclavizar a las mujeres y a las niñas, de imponer la virginidad, el matrimonio, la castidad, demonizar los psicotrópicos, y un larguísimo etcétera que ya conocemos.

Es algo simpático que a pesar de todos los esfuerzos humanos, lleguen los antiguos hippies —y/o sus descendientes—y empiecen a hacer una serie de inventos de lo más inofensivos aparentemente; y me vuelve loca de emoción, que proyectos de investigación destinados a la industria de la guerra como el Internet y el LSD —en el que el gobierno estadounidense invirtió dinero en su investigación para ser utilizado por los soldados en Vietnam— hoy sean herramientas de evolución, liberación y conexión.

Dios siempre acaba riéndose, en otras palabras, eso que llaman The cosmic Joke.

Así, hoy en día uno se quiere escaquear de sus zonas de sombra y es casi imposible, ahí está Facebook para recordárnoslas, por ejemplo.
Esto me hace recordar la película de los ochenta: “Flatliners” en la que los protagonistas eran perseguidos por sus "sombras", por todos aquellos a los que habían hecho bullying y maltratado, hasta que eran alcanzados y vengados, siguiendo la línea —flatline— de la Ley del Talión: "Ojo por ojo, diente por diente."

De ojos hablamos hoy...

Algo muy similar pasa con las redes sociales y la sombra. Uno es acechado, y a su vez acechador de, y por, la memoria colectiva.
Así, si nos costó un triunfo olvidar aquel amor adolescente, basta con que el morbo nos haga aceptar su amistad en Face para verlo de nuevo, pero ahora casado y con hijos, y entonces los mecanismos de la memoria empiezan a ponerse en marcha y son una máquina imparable. Con ellos empiezan a aparecer más memorias: quiénes éramos entonces, qué sentíamos, qué olvidamos de nosotros mismos, a quienes perdimos en el camino… Nos recuerda también nuestros errores: lo que no hicimos bien, aquellas gracias que olvidamos dar, aquel cuidado insuficiente, aquellos a quienes lastimamos, las cuentas que aún tenemos pendientes.

Las redes sociales nos recuerdan, día a día, que toda nuestra vida sigue existiendo, que el pasado está en el hoy, y puede ponernos de cabeza si alguna parte de nosotros mismos no quedó integrada en el proceso.

Amores inconclusos de juventud están apareciendo por doquier; el alma humana está despertando, en esta nueva Era, a un nuevo proceso de iluminación nunca antes explorado en otra época de la Humanidad.

Y si quería olvidar el ridículo que hice anoche, ahí están las fotos que lo confirman y se empeñan en que me haga cargo.

Sí, pareciera como si las Fuerzas nos empujaran como Humanidad a una nueva era de sanación. Y parece ser que la palabra clave actual para alcanzar la iluminación ya no sea la del desapego, sino la de la integración. Exactamente como una red —Web—, en donde el desapego ya no implique desconexión, sino aceptación integradora de que todos los tiempos conviven en presente, de que todas las facetas humanas están dentro de mí, de que toda mi historia me conforma. Toda. Así deja de ser mi historia, me desapego de ella, y pasa a ser mi humanidad.
Parece como si nos dijeran: se acabaron los secretos y las mentiras, y aunque no quieran van a VER.

Sí, porque antiguamente pocos eran los humanos que decidían emprender el camino de la visión, la gran mayoría aplicaban y se regían bajo la frase de: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. 

Por aquél entonces —antes de ayer—, si queríamos dejar a un amor o una situación porque nos lastimaba o que no era adecuada, uno se marchaba y listo —innumerables son los casos de hombres que fueron por tabaco y nunca volvieron—. Con el tiempo la herida curaba —que no sanaba— y ya con fuerzas nuevas en el cuerpo emprendíamos una nueva vida reinventándonos. Esto nos hacía creer, como un espejismo, que nosotros teníamos el control. Y nos convertimos en una sociedad obsesionada por tener y mantener el control, a toda costa, siempre.
Sin embargo, ahora aparece la Web y nos dice: “Apechuga con tu pasado; humano ya no te escondas, ya no guardes tu basura bajo la alfombra, ya no toca”.

Y aunque no queramos, vemos los muertos de Gaza, el hambre en África, los asesinatos en México y demás genocidios humanos.
Y aunque no queramos, vemos al amor de nuestra vida que dejamos pasar por el camino, a nuestros ex, a nuestras mejores amigas de la infancia…

Hay que hacernos responsables, es lo que toca, sin más. Toca que los ojos vean y el corazón empiece a abrirse, que se rompa si es necesario. Toca perder el miedo a sentir. Sólo así el mundo cambiará, cuando seamos lo suficientemente valientes para aceptar que sentimos mucho más de lo que creemos, mucho más de lo que nos gustaría, mucho más de lo que fuimos educados para manejar. Sólo así, no sólo sentiremos vergüenza y miedo y angustia, sino también empezaremos a sentir el ánima de los árboles, el encanto de las plantas, la sabiduría de los árboles, el bálsamo del aire. Sólo así podremos percibir el corazón del otro y sentir compasión de saber que es igual de humano que yo. Solamente si me humanizo permitiendo que mi corazón sienta lo que perciben mis sentidos.

Los ojos  —los oídos, el tacto, el olfato y el gusto—, se abren, la visión se despierta: la visión del corazón.

Ya no hay escapatoria. La Vida puja desde dentro por salir y manifestarse. La raza humana sigue siendo guiada por fuerzas misteriosas que la llevan, como siempre ha sido. Tanto, que algo que parece tan banal como una red social, puede convertirse en una herramienta increíble para ahorrarnos tiempo y dinero en una terapia.

Así es la magia. Todo está pasando ahora, sólo hay que abrir los ojos y prestar atención. Y claro, atreverse a hacerse cargo de lo que se siente ante aquello que se nos muestra, por supuesto.

Desde todo, desde cualquier rincón, nos habla la magia de la Vida. Con cualquier excusa. La mayoría de las veces no nos damos cuenta y necesitamos de ciertas sustancias o ciertos estados especiales, lugares y rituales para que el ojo de nuestra visión interior —o Ajna— se abra. En momentos así, todo cobra sentido durante unos instantes: desde nuestra pequeña historia, pasando por todos nuestros encuentros y relaciones, hasta la Existencia misma. Entonces nos enamoramos de la Vida de nuevo y comenzamos a entender de qué va todo esto, o al menos a vislumbrarlo. A asomarnos al tejido del Gran Espíritu.

Yo sé que no todo el mundo ve de forma natural la magia de la Vida y su tejido, y por ello agradezco profundamente, desde este rincón del Planeta, que la represión haya cedido lo suficiente para que haya cada vez más facilidades para despertar la conciencia: desde el acceso al Hikuri, a la Ayahuasca, al LSD y a la marihuana, hasta que las mujeres hayan al fin sido permitidas de mostrar su medicina, de sacar su voz y entonar sus cantos de sanación  Pero no dejaré de insistir, que todo es más simple que eso: basta con abrir los ojos y perder el miedo a que el corazón sienta, basta con sentarnos en silencio y hacer espacio. Basta con creer en la Bondad y en la Belleza. Basta con confiar en que estamos sumidos en un océano de Amor y que todo, todo — hasta nosotros mismos—, todo es perfecto. Que no hay error.

Ojos que ven, corazón que siente. 

Se empiezan a acuñar nuevos aforismos, esos que necesita esta nueva Humanidad.

Abre los ojos, no tengas miedo. Ahó.