lunes, 15 de abril de 2013

HABLEMOS DE DIOS

Entre hablar de Dios y hablar por Dios, existe una finísima frontera.
Tan delgada como peligrosa.
Peligrosa para el que habla, y en dado caso para quien escucha.

Hablar de Dios conmigo misma tiene un cierto peligro.
Pero si hablo de Dios ante miles de escuchas, tiene otro.
En ambos casos es un síntoma de ceguera. Y ya lo dijo Cristo:
Un ciego no puede guiar a otro ciego. Ambos caerán en el hoyo.

Hablar de Dios como si fuera un amigo, al que conocemos bien,
suena tan barato como esa tendencia humana que tenemos todos,
a hablar de otros, como si supiéramos algo que ellos no saben.

En realidad da lo mismo hablar de Él (como les gusta señalar a los que hablan de Dios) con Él, o por Él.

Porque cuando hablamos,
—de lo que sea—
hablamos siempre de nosotros mismos.

Hay instituciones que ya hasta han escrito las palabras de Dios.
Sus representantes y fieles, se aprenden al dedillo lo que dice Dios y lo repiten.
Y así las cosas.

Hay otros más rebeldes,
que nos molesta el dogma,
y nos encanta inventar historias de Dios.

Pero todos, hasta los que se saben el dedillo su dogma,
hablamos por nuestra propia boca humana.

Hace unas horas escribía acerca del orgasmo, a propósito del trabajo que vengo realizando con la sexualidad sagrada.
Descubrir que el orgasmo es nuestro, es toda una revelación. No podemos sentir nada que no tengamos dentro. El orgasmo es mío, no del amante con el que comparto el momento. Él no me lo provoca, lo provoca mi útero.
Y así todo lo que sentimos y percibimos. Ya lo dice la física cuántica: no podemos ver aquello de lo que carecemos.
Así, igual de propio es nuestro simbolismo conceptual que le damos a todo aquello que nos queda grande.

Escribir y cantar, me han permitido conocer algo que no por estar en mí me era conocido: mi lenguaje.
Cómo, con qué símbolos yo traduzco las experiencias que superan el compartido lenguaje occidental racional.

Sí, porque el lenguaje racional no es en el que las mujeres nos movemos mejor para comunicarnos, pues nuestro pensamiento no es principalmente racional. Eso no quiere decir que no podamos ejercitarnos en él. Ya me ven aquí escribiendo como si fuera doctora en ciencias de alguna idiotez. Pero nosotras navegamos otras aguas, digamos no especialmente racionales.
Por ello cuando tenemos o queremos comunicar experiencias que superan este lenguaje, poetizamos, cantamos, gritamos, dibujamos, bailamos, nos enamoramos, roncamos... nos expresamos pero no nos explicamos.

Este mundo patriarcal que hemos creado, nos ha obligado a explicarnos. Y ahí estamos dando explicaciones de nuestro comportamiento, de nuestras reacciones, de nuestras emociones... Ante quienes se afanan en explicar la vida. Quien nos suele pedir esas explicaciones es el "padre". Sí, lo llamo así, porque la verdad es que ya estoy harta de que se machaque a los hombres como si todos fueran iguales. En base a repetir algo nos lo vamos a terminar creyendo.
No todos los hombres van de "padres" por la vida. De ahí surge la palabra patriarcado, no hay que olvidarlo.
Pero los que sí van de "padres", nos piden explicaciones, y las dan.

Estos señores, son los que suelen hablar de Dios, o por Él. Y no se dan cuenta que hablan de ellos mismos.

Ya lo dijo Nietzsche, y otros muchos antes y después: el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza.

A estas alturas, andar discutiendo entre un símbolo u otro para designar algo que nos supera, es absurdo. Y cada quien, en base a expresarnos auténticamente, vamos encontrando nuestro propio lenguaje para comunicar aquellas cosas que sentimos. Ese que más nos gusta, o que más nos hace sentido, o que más nos conecta. Cualquiera es válido, son lenguas, y ninguna es mejor que otra, ya lo sabemos.

Pero lo que se nos está olvidando muchas, muchas veces, es que de lo que sea que hablemos es nuestro.
Nuestra manera de sentir un beso, nuestra manera de percibir a una mujer, a un hombre o a un perro, nuestra manera de integrar lo que está pasando en el mundo, a nuestro alrededor...
A esto se le llama hacernos responsables.

Hablar en primera persona no nos hace más soberbios, todo lo contrario, nos compromete y nos hace humildes porque nos permite vernos.

Así que a la siguiente que al menos a mí me de la vena de hablar de Dios desde un lenguaje lógico y sensorial, le pondré delante: Mi Dios está asustado de lo que la humanidad es capaz de hacer. Por ejemplo. Y si lo bajo a un nivel más real lo diré: Estoy asustada de lo que la humanidad es capaz de hacer. Y si me concedo la oportunidad de aprender algo puedo luego releerme: Estoy asustada de lo que yo soy capaz de hacer.

El yo es pequeño, cuando se expande, y su pequeñez le hace retornar... al Inmenso Universo en donde en polvo de estrellas se convertirá.