viernes, 10 de mayo de 2013

EL PILAR QUE FUE TESALIA

Inevitable hoy escribir acerca de la madre, pues a las tradiciones y costumbres las acompaña una energía de intención muy poderosa. Así, para no salirnos en este espacio de ese río común, hoy honraré a todas las madres, y lo haré recordando a la mía.

Madre sólo hay una, y me toco a mí.

Cada una de nuestras madres ha sido como la rosa del Principito: la única entre millones.

Cuando nació mi hija murió mi madre. Así se las gasta la vida. Los judíos creen que el alma tarda un mes en abandonar este plano de existencia. Mi hija nació exactamente al mes de su muerte. El ciclo eterno de la vida y la muerte se me reveló con una magnitud avasalladora. Por entonces, cuando sostenía a la pequeña Momo en mis brazos, me confundía y no sabía si yo era esa hija y mi madre me acunaba, o era yo la que acunaba a mi madre que había nacido el mismo día que mi hija en otro plano de la existencia, mientras las lágrimas se me escurrían inevitablemente. Lo que sí supe entonces con certeza, fue que su muerte me graduaba al fin de Madre.

Recuerdo que cuando me dieron la noticia que mi madre estaba en coma, lo primero que pensé fue que no estaba lista para no tener ya una madre. Una semana después mi madre se marchaba sin yo haber tenido la oportunidad de tomarla de la mano, nos separaban muchos kilómetros y mi avanzado embarazo me lo impidió. Cuando mi hermano me llamó a las nueve de la mañana para decirme que se había marchado para siempre, supe con toda certeza que sí estaba lista para no tener madre, de no ser así mi madre no se hubiera marchado tan pronto, ella misma no lo hubiera permitido.
Aunque yo estuviera iniciada en la maternidad desde hacía entonces nueve largos años, fue en ese momento que me gradué. Pasé a ser la primera mujer de mi pequeña familia, y desde entonces hasta ahora me he estado preparando para asumir esa función.

Mi madre tuvo dos nombres y más de una vida. Como una serpiente, cambió de piel hasta llegar a transformarse en lo que fue los últimos años: una abuela sabia llena de luz y conocimiento.
Seguramente alguna que otra persona que lea estas palabras la habrá conocido y saben de lo que hablo cuando la describo así.

Ella fue una madre como la de todos ustedes: valiente, entregada, amante, incondicional, fiel, tierna, dura, humana, bella, sabia... Pero es que además de todo esto, mi madre fue una mujer ejemplar. Y no quiero que esta distinción pase desapercibida. Para mí es de gran importancia. Las madres somos mujeres, no sólo madres. Hay momentos, muchos momentos, que en mi rol de madre me juzgo muy duramente, y tengo que recordarme que ante todo soy mujer.

Sí, porque esta madre Pili/Tesalia que me tocó –o la escogí– estaba llena de defectos y plagada de virtudes. Me correspondió (al igual que ahora a mis hijos les pasa conmigo) acompañarla en su crecimiento personal y en el desarrollo del viaje de su consciencia. Como sucede cuando emprendemos semejante aventura, ella tuvo épocas en que se enfrentó con sus demonios, con sus miedos, con sus abandonos y pérdidas. Ella tuvo épocas en que se enamoraba cada tanto de distintas cosas, y en la casa todo se amoldaba a su nuevo descubrimiento. Tuvo épocas en que estuvo menos presente porque salió a descubrir nuevos mundos. Tuvo otros momentos en que quiso desapegarse de nosotros y lo hizo de forma torpe, porque apenas comenzaba a moverse de manera libre, como un bebé que da sus primeros pasos... Mi madre estuvo llena de facetas multicolores porque fue una mujer peregrina, caminante, golondrina. Un alma viajera de los espacios del alma –valga la redundancia–. Y nosotros sus hijos, la acompañábamos sorprendidos, en cada nueva aventura que emprendía su corazón.

Este es uno de los legados más importantes —más fundamentales— que ella me dejó; y gracias a él, aquél 2 de agosto pude asumir el rol que ella me daba al marcharse. Ahora sería yo la que tendría que abrir brecha para nuestro linaje. Desde entonces me quité los zapatos y camino descalza sintiendo cada uno de los pasos que este caminar de lo Femenino Consciente da.

¡La extraño tan hondamente cada vez que hago un nuevo descubrimiento...! Pero sé que viene conmigo, que es testigo. Ella me recubrió y ungió de una nueva y brillante piel al marcharse.

Cada día la recuerdo, pero hoy lo comparto.

Vives en mi mamá, en mis hijos, en mi hermano y en sus hijos. En cada colibrí que se acerca a mi ventana, en muchos atardeceres y amaneceres, en el viento que me acaricia, en el buen jamón y en el mejor vino, en los charcos que reflejan el Cielo y sin duda en mi sonrisa.
Gracias por abrillantar mi alma, por desnudar mis pies, por bendecir mi corazón, y por regalarme mis alas. Gracias por traerme a este mundo a hacer mi cometido, mujer valiente, guerrera, sabia. ¡Ahó!

Que la maternidad no nos agarre niñas, y si lo hace que nos enseñe a ser mujeres valientes. Y así seamos mujeres antes que madres.
Seamos todas Diosas, para parir nuevos mundos de ilusión, llenos de corazones cada vez más plenos.

Que así sea.