jueves, 26 de diciembre de 2013

NAVIDAD

Para ella: C.

¿Sabes? La Navidad significa justamente nacimiento, el nacimiento de la luz, para ser exactos. Se celebra estos días por ser el solsticio de invierno — 21 de diciembre— en el que la luz ha llegado a su punto más bajo, es el día más corto y la noche más larga. El festejo del 25 es, desde tiempos inmemoriales y por supuesto anterior a la figura de Jesucristo, el día en que se festeja que la luz vence a las tinieblas. Y es por ello que conmemoraron oficialmente la Natividad —o nacimiento— del Kristo en estas fechas: la luz de la conciencia krística venciendo a las tinieblas de la ignorancia y así dando paso al nacimiento de una nueva humanidad (como posibilidad al menos).
La luz y la sombra libran una batalla mítica desde el principio de los tiempos. Llevada a un lugar mucho más interesante que las películas hollywoodenses de héroes y villanos, esta misma batalla se libra diariamente dentro de nosotros, aunque no tengamos conciencia de ello.
Desde el punto de vista de la moral judeocristiana, se suele relacionar a la luz con lo bondadoso y a la oscuridad con lo malévolo. Pero en realidad esta clasificación se debe a un sentimiento de lo más simple y humano: se debe al miedo.
Lo luminoso y lo bondadoso no son sinónimos, de la misma manera que lo oscuro y lo malévolo tampoco lo son.
Para hacer los conceptos accesibles, podríamos decir que lo luminoso es todo aquello que conocemos (de nosotros mismos y del medio) y lo oscuro es aquello que no podemos ver y por ende desconocemos (ídem). Como es lógico, a aquello que desconocemos, desde un lugar básicamente animal, lo tememos. Es por esto que culturalmente se han asociado estos conceptos morales con lo luminoso y lo oscuro.
Pero sea como fuere, estos son los paradigmas que nos rigen y debemos tomarlos en cuenta cuando nos aventuramos —nunca mejor dicho— en procesos que buscan desenmascararnos, sincerarnos, sanarnos y evolucionar.

Como decía, la luz y la oscuridad están turnándose el reinado de forma cotidiana. Diariamente nace el sol parido por la oscuridad, y ésta lo engulle en sus fauces cada atardecer. La madre se come al hijo.
La noche y el día se dividen su reinado y según avanza en su danza cíclica el año, hay meses en los que la luz reina más tiempo que la oscuridad y viceversa.
Como vivimos en una esfera que se mueve sobre su eje circular y alrededor de otro eje de manera elíptica, y a su vez forma parte de un sistema circular que está contenido en una galaxia espiral… todos, absolutamente todos nuestros procesos (internos y externos), como humanos hijos de esta creación de universo, son cíclicos. Todos. Y por desgracia, esto se nos olvida.
Así cuando cometemos el mismo error de nuevo, nos atormentamos y nos juzgamos como si el tiempo, nuestro devenir e historia, nuestra evolución y nuestros procesos, fueran lineales, y además esta línea tuviera que ser ascendente. — Es increíble que sabiéndonos sumidos en un universo si suelo y techo, sin arriba y sin abajo, sin principio y probablemente sin fin, aún pensemos nuestra vida como una escalera ascendente, nos relacionemos con el tiempo como si fuera un camino con una dirección hacia delante y con unos deshechos atrás—.
De la misma miopía adolecemos al mirarnos como seres de luces y sombras. Hemos concedido los atributos positivos a la luz, como si aborreciéramos la noche, el descanso, los sueños, el frío y el invierno.
Imagina nada más un día eterno, sin sueños, sin noches, sin estrellas y sin luna, sin descanso, sin misterio, sin sombras, sin cerrar nunca los ojos, sin dormir, sin soltar, sin perder la consciencia ni un solo instante.
Imagina un continuo verano, sin otoños, sin inviernos.
Imagina una vida sin ciclos, como una carrera: viviste un cumpleaños, ni uno más, una navidad, una primavera…

La luz, el día, lo conocido, nos permite actuar, pensar, registrar, controlar (o al menos tratarlo), decidir, proyectar, socializar, servir, atender, trabajar… La oscuridad nos permite entrar dentro de nosotros, reflexionar, sentir, sorprendernos, soñar y fantasear, estar en soledad, meditar, descansar, soltar el control, dejarnos llevar, amar, entregarnos, intuir…
Necesitamos las dos facetas por igual. Hay temporadas en donde a nivel planetario se requiere de más luz y hay otras temporadas que se requiere de más oscuridad. Pero no se puede existir en este plano de existencia (valga la redundancia) que llamamos vida, sin uno de los dos procesos.

A la mujer, por sus atributos femeninos, se la ha asociado con la oscuridad y al hombre con la luz, Y cierto es que nuestros recursos genéricos son distintos y a las mujeres nos rige más la noche, la luna, la intuición, los sueños, el cuidado… y al hombre la actividad, el control, el pensamiento proyectivo, la organización, lo social, la regla…

Así que como podemos ver, la luz y la sombra están muy lejos de ser sinónimos de bueno y malo. Incluso bajo el prisma de conciencia e ignorancia, tampoco habría que catalogar a lo primero como algo positivo y a lo segundo como algo negativo. Podemos partir de la base fenomenológica que el ser humano es un ser absolutamente ignorante y que la posibilidad que tiene de dejarlo de ser en pequeños quantums es lo que comúnmente llamamos el despertar de la consciencia, y en comparación con la Fuerza Creadora que genera y mantiene la existencia, este despertar de la consciencia es igual de pequeño y limitado como lo somos nosotros físicamente cuando nos comparamos con los grandes cuerpos celestes.
Pero de igual manera es cierto que tenemos la posibilidad de ir ampliando esa conciencia, y la vida es justamente un proceso en el que vamos dejando de ser ignorantes y pasamos a descubrir cada vez más cosas en la medida en que nos desarrollamos y crecemos.
Sólo hay que ver el mundo de un niño y el mundo de un adulto (hablando por supuesto de condiciones “saludables”). Dicho esto y sin necesidad de ampliar más esta premisa, podríamos afirmar que la vida es un viaje que parte de una ignorancia inocente para culminar en una humilde sabiduría. O esto, al menos, es lo que es posible que sea, aunque nos empeñemos en no llevarlo a cabo.

Hoy es Navidad, y como decía al principio, festejamos de una forma cristiana el rito pagano de la luz venciendo a las tinieblas. La luz está creciendo pero aún reinan las fuerzas de la oscuridad. Esto es, seguimos inmersos en un proceso que tiende a lo reflexivo y meditativo, al descanso y al sueño, al no hacer haciendo, a guardarnos, a atesorar la energía, a escribir los sueños, a descubrir misterios.
Para todos aquellos que comienzan o están en un proceso de verse por fin tal cual son, es el momento ideal pues podrán poco a poco ir sacando a la luz potencialidades que tenían escondidas en su sombra (en su inconsciente) y que desconocían. 
Y así puedan florecer en la primavera, actuar en el verano, cosechar los frutos de sus actos en otoño, y meditar y reflexionar, descansando, en el invierno para soñar con el mañana y proyectarse, atreviéndose a ser, cada primavera, aquellos que realmente son.

El ser humano es por naturaleza ignorante y poco inteligente, es un ser muy pequeño en esta Creación, su tiempo en el devenir de la Historia es prácticamente un suspiro… pero no es “malo”.
Así que esta Navidad los invito a que nos dejemos de mirar en base a bondad y maldad, nos dejemos de juzgar en base a error y acierto, a medir en base a mejor y a peor, y nos asumamos humildemente como seres profundamente limitados que estamos aquí para aprender: para sacar a la luz lo que hay en la sombra. Que estamos aquí para acrecentar nuestra conciencia (aunque sea un poquito al menos) y dejar de ser tan ignorantes. Permitámonos danzar de forma cíclica con ese día y esa noche, con los ritmos y ciclos que nos mueven, en sintonía con la Creación de la que formamos parte.