jueves, 6 de septiembre de 2012

EL REY, SU AMANTE Y EL CHARQUITO



Obra en tres actos con narrador escueto y descortés.
por Aleka Rivero


Narrador: Habla el rebuscado pensamiento de él en un diálogo consigo mismo.

La sombra se escapó, esto era algo sumamente peligroso pues no sabía de lo que sería capaz, probablemente de todo o de cualquier cosa, pero esto último era más que suficiente. La buscó primero en su memoria. La memoria es el clásico lugar en donde se esconden aquellas partes a las que tememos como en un armario profundo empotrado en el recóndito desván de nuestra herencia. La memoria peca de no tener privacidad ni derechos de autor pues más bien le pertenece a todo aquél que un día decidió compartirnos algo que, por nimio que fuera, se quedó guardado como uno de esos souvenirs tan absurdos y corrientes como pegadizos.

A tientas se asomó a ella y la memoria lo recibió con losas de prejuicios, tantos que lo dilapidó bajo su peso. No sólo era su historia la que le hablaba sino la de todos, la de siempre, la de esas ellas heridas y esos ellos arrepentidos. Cerró la puerta de golpe, se fue. Corrió y mientras se alejaba, más aprisa que el tiempo, su pecho volvía a inflarse, el aire regresaba a circular con normalidad por sus pulmones. Suavemente frenó su huída ¿qué era eso que ya no estaba? Ya no lo recordaba. ¡Ah! sí, era su sombra. Ya no estaba. Aliviado se miró en el espejo de sí mismo y le gustó lo que veía. Una imagen retocada de él en la que relucía como figurita de Lladró. Algo artificial ­–pensó– pero preferible a lo que había antes.
¿Por qué era que se había preocupado de que su sombra hubiera escapado? No lo recordaba, así era la memoria, una caprichosa y poderosa dama. Ahora todo estaba bien, la sombra se había ido, tal vez para siempre. Para siempre, para siempre, para siempre…

Uno, dos, tres días, hasta treinta y tres o veintiocho, no importaba, este fue el tiempo que le tomó echarla de menos. Había estado bien sin ella, más delgado y como figurín de sastrería, encontraba que no sólo por fuera se notaba tanto orden y responsabilidad, la disciplina se manifestaba también en sus discursos locuaces y acertados, estaba hecho un súper héroe, un modelo.

Esto es, definitivamente. Este soy el que soy: una versión procesada y perfeccionada de mí mismo. ¿Por qué te extraño?

Pienso, pienso tanto que me enredo, necesito hablar sin parar y generar argumentos, sólo así puedo llamarte. Mezcales, tertulias y razonamientos me conducen a la entrepierna de una señorita que huele a algo que no logro identificar. Ya estás de vuelta. Vuelvo –por lo tanto– a empezar.

Sombra, es que… verás, necesito necesitarte pero sólo cuando es preciso, no te aparezcas así como así y me enredes de una forma tan seductora. Todo esto se lo decía a una vil y corriente cuba, hasta que ésta le devolvió un escupitajo. La imagen era la versión deformada de sí mismo. ¿Hasta dónde será él?.

Las campanas comenzaron a replicar y la puerta del confesionario se cerró con un golpe sordo, hueco. Tan vacío que le recordó su ayuno. Me puedo controlar. Pero no pudo.

Un mar se escapó de sus lagrimales y una vez más las voces de la memoria, esa que no era de nadie pero que al mismo tiempo era de todo el mundo, gritaron hasta dejarlo sordo. Miró su reflejo y no se encontró. Se quería parecer a alguien y no recordaba a quién.

Pintó, y eso que no sabía, pero pintó. Adornó la imagen hasta borrar esa sensación de hondura y de hueco vacío. Ya no sabía a dónde más caminar, ¿por dónde era?.

Y así, a tientas, se acercó a la tristeza y a la traición. Tenían cara, una cara conocida de ojos grandes y asustados, con pelos largos y ensortijados por culpa del enojo.

Narrador: Así fue esta historia, y así pasaron los días, éstos se convirtieron en meses y años y poco a poco él pensó que esa vieja historia era la suya.


Narrador: Habla la sombra, la malcriada y voraz sombra.

Si existo será por algo ¿no?. La pobre estaba un poco en plan retador, hay que entenderla pues el estira y afloja al que lo añadido la había sometido tantos años había llegado a hartarla. Ella no se conocía a sí misma, siempre encerrada en lo más profundo de un calcetín o en el fondo de la cama deshecha, recluida en el montón de ropa sucia o enredada en los platos usados y dejados con descuido por ahí por la cocina. Era como una mujer que, de tanto limitarla y someterla, había perdido no sólo su identidad sino también su sinceridad.

Ella sólo sabía una cosa y ésta era que era él. Poco sabía, sumida en la ignorancia de ser ignorada, pero si algo no dudaba es que habían nacido juntos, la mejor versión de sí mismo y ella, quiero decir. Sin embargo ese mal sabor de boca que con todas las cepilladas del mundo no se iba, ése sí que no formaba parte de ellos, pero él no lo veía ¿Qué quién es él? Pues el narciso joder, el narciso.

Ella lo tenía muy claro, le gustaba la mala vida, esa que hoy ya no está de moda. Era una bandida, una ladrona, una guarra, una mujeriega y una egoísta, sí ¿y qué?.

¡Déjame salir y verás de lo que te estás perdiendo! le retaba en las madrugadas. Pero sólo se lo decía borracha, la sociedad primer mundista y puritana tiene esas cosas culpígenas que huelen a meados y a chocho en antro barato. Como niña malcriada la sombra gritaba y gritaba, hacía berrinche y se vengaba.

Narrador: Dos nunca serán uno sino dos.


Narrador: Habla eso.

Hay algo más. Pasas el dolor, te quitas de encima la castrante culpa, te sacudes los prejuicios, tiras por el caño, sobre todo, la historia de tus padres y entonces puedes escucharme. Eso.

Trata, venga anímate y trata de ser malo, malo, malo, malo… pero malo ¿eh? no esas chingaderas de los Godinez, no, realmente malo.

Cuando dejes que esto pase, entonces me escucharás.

Soy aquello que entra cuando cierras la cortina.

Soy esa pausa entre los suspiros.

Soy esa célula que espera, desde siempre.

Soy esa gotita de ella que se quedó insípida colgada en tu labio.

Soy esas ganas que ni siquiera reconoces, pero que están cada día.

Soy aquello que te hizo voltear ahorita.

Soy la sombra en la que transcurren tus sueños.

Soy eso que te está esperando y que te aguarda debajo de las uñas.

Cuando dejes de hacerle caso al ruido, tal vez me oigas.

Cuando dejes de mirarte, tal vez me veas.

Soy el que guía tu pluma, claro, pero todo eso ya lo sabes, y yo soy eso que no sabes.

El espacio entre las partículas subatómicas es infinito y dentro de ellas hay nada. La materia es sólo la apariencia de materia, tan sólida como el acero sí, pero esto se debe únicamente al movimiento, van tan rápido que no se pueden atravesar.

Soy eso que te puede hacer ir lento para sacar la pelusilla que se ha quedado en tu ADN.

Cuando te dejes de relacionar contigo mismo podrás relacionarte con los demás.

La película nunca se ha tratado de ti aunque seas protagonista. Soy eso que sabes que es pero que no tienes ni puta idea.

Narrador: El tres es todo lo que existe. Pero sólo hay uno.