lunes, 3 de septiembre de 2012

HOY


•     HOY PARA TI, PORQUE TE QUIERO     •

Quiero escribirte a ti que cuentas tus historias escapadas. A ti que disfrazas de cuento, tu dolor.

Quiero escribirte a ti que moras en la sombra, porque olvidaste dar gracias. A ti que de tanto esconderte ya no encuentras la salida. A ti que te corroe el pánico y la desesperación.

Quiero escribirte a ti, pequeñito gran ser con alas, de otra dimensión, que hoy te despiertas sorprendida con ojos de susto. Quiero contarte al oído que todo va a estar bien, quiero cantarte una canción. Quiero darte la mano para que sientas que todo lo malo sólo existe aquí, pero que no es verdad. Quiero que no te lo creas.

Quiero escribirte a ti, ese de ayer, de hoy y de mañana. A ti que me amaste, me amas y me amarás. A ti que eres al fin valiente sin ser arrojado, que no te escondes de tu sentir.

Quiero escribirte a ti, mi hoy, mi presente. A ti que me apoyas a veces con un solo pie. Que me tomas la mano demasiado despacio y que me sigues, pestañeando varias veces, pero me sigues.

Quiero escribirte a ti, ayer. A ti que cantas y tocas melodías, llenas de nostalgia y de ilusión. A ti, el de las coincidencias y magias, que sabe soñar.

Quiero escribirte a ti, mujer, amiga. A ti que compartes tu caminar conmigo desde hace tanto. A ti quiero escribirte en el seguimos estando.

Quiero escribirte a ti, el niño de los ojos de venado. Que me ama, al que asusto, que me ama, que me ama. A ti, que me enseñaste el verdadero amor.

Quiero escribirte a ti, pequeño duende salido de una fantasía con nombre de flor. A ti que me haces mejor, que siempre me sacas una sonrisa.

Quiero escribirte a ti, niña que no eres de mi sangre, pero que siempre has sido mi hermana. A ti que te duelo, a ti que te subestimas, que moras en el miedo por no atreverte a ver la luz, esa sencilla luz que entra siempre por la ventana.

Quiero que mis palabras traspasen la tela de su piel. Que se cuelen por la resbaladilla del tímpano. Quiero que mi amor hoy los sorprenda, cuando en una esquina agachados, un segundo, se encuentren en la paradoja de lo perdido. Quiero hacerles saber que mi vida tiene todo el sentido porque existen. Quiero que intuyan lo grande que ha sido para mí compartir los pasos con sus zapatillas. Quiero que entiendan lo bueno, lo maravilloso, de su presencia. Quiero que nunca duden –aunque parezca imposible–, que son un suspiro de estrellas. Quiero tanto para ustedes, que las palabras no están inventadas. 
Quiero, simplemente, desearles el mejor de los días. Y agradecer su existencia.




•    DÍA GRUYERE    •



Hay días que tienen más agujeros que un queso gruyere y todo, todo se te escapa.  Huelen a pie poco higiénico y se derriten haciendo del mismo un desastre pegajoso. 

¡Ay! los afectos, que afectan, infectados de afectos.
Qué esclavo es el ser afectado por tantos afectos que le reclaman indecentes e irrespetuosos. Uno trata de cuidar a sus afectivos seres afectados por los afectos que uno les genera. Pero como en el queso de agujeros todo se va escapando. 
Y se me escapa el afecto y la confianza, se me escapa cuando me reclamas tantos reclamos de ser y estar como soy y estoy.

Estamos aquí bípedamente aspirando a ser la mejor versión de nosotros mismos y, demasiadas veces,  se nos reclama tratar de alcanzar nuestro propio reflejo.

Los días pastosos de quesos con hoyos, me recuerdan la soledad.
La soledad de la tristeza, la soledad del miedo, la soledad del amor, la soledad de la pérdida, la soledad del enamoramiento y la profunda soledad de la honestidad.

El día que des el primer paso caminando con tus propios zapatos, miles de lamentos se alzarán con voz protectora para retenerte junto a ellos, como a las mujeres chinas obligadas a usar zapatos diminutos que atrofian los pies y así no salir corriendo tras su libertad.

El amor se utiliza, también demasiadas veces, como la justificación del asesinato, de la eutanasia y del suicidio. Y uno, sumido en la peste del día gruyere, siente que si de eso va el amor mejor apaga y vámonos.

Los días gruyere simplemente no tienen consuelo.




•  LUNES   •


Van a dar las 9:00 am y el lunes se presenta a sí mismo como una neblulosa dístante pero igualmente íntima. Los lunes tienen el efecto de contrarrestar los fines de semana, los lunes contrarrestan los fines, los finales.

Ayer mi hijo me preguntaba por el sentido de la vida, mientras grandes lagrimones surcaban sus mejillas. Me decía inconsolable, que él creía que no existía nada después de la muerte y que no entendía entonces para qué estamos aquí. Me decía que si pensaba en la reencarnación, eso de pasar de vida en vida le apetecía muy poco, y que el tiempo se le está pasando muy rápido y que no, no sabe para qué nació.
A los once años los domingos pueden ser días muy crueles. A los 11 este mundo difícil y esta vida compleja pueden, sin duda alguna, ser conceptos devastadores.

A los 39 años quizá notes que te comienzan a crecer pequeñas raíces que firmemente te atan a algo tan sólido como la tierra, mientras sientes que la vida se te escurre por las manos. Puedes mirar al espejo pardo que es tu hijo, y sonreír por la tristeza infinita que su desasosiego te produce. Quieres inocularle todo tu conocimiento, pero te rehúsas a arrancarle poco a poco las alas como si fueran los pétalos de una flor. Los brazos de la compasión te envuelven y se alargan para abrazar a tu hijo también. No puedo transmitirte mi amor por la vida – le dices –. Tal vez la vida te escoja de amante, como lo ha hecho conmigo, pero eso algo que yo no puedo asegurarte.

Los lunes se derraman como agua. La nebulosa poco a poco va posando su rocío sobre mi conciencia. En este despertar tengo que levantarme y creer, mirar a mi amante y apostar de nuevo por ella. Y al mirarme al espejo, cada mañana de lunes, debo recordarme con rigor que más me vale no pensar en ciertas cosas y así poder sobrellevar la semana, el día, el mes y el año. Para así poder sobrellevarla a ella, mi cruel amante, la vida.





•   1 7    a g o s t o   2 0 1 2    •


Hoy hace 24 años te fuiste y no nos contaste adónde. Desde entonces te buscamos varios, unos en el horror, otros en la esperanza, otros en el amor.... el desconsuelo infinito de tu pronta partida, sí pronta, me atrevo a afirmarlo.

El vacío de tu presencia aún constriñe mis entrañas, cuando a ratos me asomo al recuerdo de aquél tiempo en el que todo se perdió. Yo también me perdí, buscándote, llamándote... mucho, mucho tiempo.

La muerte entró descarada, sin permiso, al recibidor de nuestra vida. Nosotros la miramos como idiotas sin comprender nada, absolutamente nada. Con mirada bovina creo que permanecimos más de un siglo, si es que el tiempo se cuenta. A partir de entonces, aquéllos, que éramos inseparables, desgarrados por la despedida, nos amamos con ansiedad para así no perdernos. Éramos increíblemente jóvenes, pero en el corazón ya unos viejos.

Con uñas y dientes nos aferramos a tu recuerdo y confundimos muchos amores con tu rostro, haciendo el luto, si cabe, más eterno.

Manolo ha muerto.

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Íñigo ha llamado.


Una pequeña coincidencia del tiempo, la simultaneidad de los procesos, yo pensando en ti, tú pensando en mí, al mismo tiempo. Desde coordenadas dispares dentro de esta esfera que llamamos casa, con la lejanía infinita que siempre he sentido que nos separa, y sin embargo la misma idea en nuestro pensamiento, yo te recuerdo, tú me recuerdas, al mismo, mismo tiempo.

Cuando el amor ha tejido redes tan estrechas, de telas de araña que a veces confunden por su transparencia; cuando el tiempo ha mezclado con el amor sus hilos, cuando el dolor se ha colado entre las fibras, cuando la desesperación se ha entretejido... cuando todo aquello se mezcla, se convierte en cuerda, y la red que nos une – me atrevo a decir– que ni la muerte – eso que hoy te va y que pondrás de moda–, ni siquiera ella será capaz de alejarnos ni un sólo momento.

Ya ves, 24 años después seguimos con Manolo en la portada de nuestros periódicos personales. Ahí te va mi querido Íñigo un te quiero, y ahí un recuerdo plagado de sonrisas y de amor a nuestro inseparable grupo de viejos increíblemente jóvenes que fuimos un tiempo: Jaime, Quique, Faina, Guzmán, Clara, Diego, Agustín, Fer, Yago, Vasco...
Ahí se queda mi recuerdo hoy, en la Moraleja, en sus calles, en su olor.
Gracias Íñigo por traer hoy a este corazón tanto recuerdo.